Daniel nació una semana más tarde. Carlos no cogió ese avión.
Vine para pasar unos días tranquilos, disfrutar de unas fiestas en las que hacía cuatro años que no estaba, hacer una visita a Burgos y conocer a Raquel, ver a Aisha y la tripita de Bea, ver a Jimena; vine a hacer turismo por Madrid, con una habitación para dos reservada en pleno Tribunal, citas con amigos, amigas, una barbacoa, museos, sol y conocer a Daniel.
Y no me moví de Miranda.
Han pasado muchas cosas, demasiadas quizás, en estas últimas semanas. Ha terminado una parte importante de mi vida y las heridas están muy abiertas. No nos supimos querer, o no nos quisimos de la forma adecuada, o nunca fuimos esa persona para el otro. Creo que pierdo mucho más de lo que he ganado en este tiempo, creo que me va a costar mucho seguir adelante, pero también sé que esto estaba anunciado. Nos hemos hecho más daño del que queríamos y me duele decir que no creo que haya un final feliz para ninguno de los dos. No creo que perdone nunca lo que me ha hecho sufrir, lo que me he ocultado, lo que ha negado todo el tiempo para después admitirlo. Pero a base de caer uno aprende a andar y esto sólo es un tropezón más en la vida.
Se van mis planes de futuro, mis planes de cada día; me tengo que despedir de mi casa y de mi jardín, de mis muebles, que no son más que el reflejo de días felices y de ilusiones. Lo vuelvo a dejar todo atrás para volver a empezar de nuevo.
Y con esta no sé ya ni las veces que van que hago borrón y cuenta nueva...
Mi abuela murió. Pero esta vez estuve ahí, estuve aquí, la vi marchitarse e irse, vi llorar a mi madre y lloré con ella de rabia y dolor por haberme perdido tantas cosas en estos años. Por saber que quizá la próxima vez que pase algo volveré a no estar, y eso duele más de lo que parece.
Decidí darme un tiempo, pedí otra semana de vacaciones. Decidí dedicárselo a mis padres, a mis amigos y amigas, a las cosas buenas que aún me quedan y que me dan fuerza. Hice una visita fugaz a mi nuevo piso, a mis buenos amigos y amigas de allí que han aguantado risas y lloros, me han acogido con los brazos abiertos cuando más perdida estaba y me han llenado de abrazos, besos y cariño. Me han recordado que la vida sigue, que he tenido la suerte de encontrar a mucha gente maravillosa como ellos en el camino.
Estoy empezando a echar de menos mi trabajo, mis compañeras, mis peques. Estoy recuperando poco a poco las ganas de seguir y este parón de dos semanas me ha venido muy bien. Las heridas se lamen mejor en casa de los papás. La vida sabe mejor cuando ya no tienes planes a largo plazo que puedan romperse, cuando vives el momento, cuando olvidas el ayer y piensas en el hoy, en el ahora.
Vuelvo a estar sola, vuelvo a estar bien. Toda la energía que malgastaba queriendo a alguien que no me quería y cambiando cada ápice de mi ser para que se quedara puedo invertirla en quererme a mí y hacerme feliz. Porque lo necesito. Porque me lo merezco.
Porque quiero dejar de perderme las cosas importantes de mi vida por complacer a otros.
Porque alguna vez me tiene que salir bien a mí...