Y termina un año que ha sido una especie de tsunami sentimental, con sus altibajos, sus penas dolorosas y alegrías muy alegres.
El 2014 empezó triste, a más no poder, y esa tristeza duró la primera mitad del año, con sus momentos de felicidad intercalada haciendo todo un poquito más llevadero (y raro). Resultó que lo mejor fue terminar con todo para volver a empezar y encontrarse, encontrarme; tuve que llorar todo lo dolido para darme cuenta de que no me quedaba otra que seguir adelante. Por suerte, la gente tan maravillosa que he conocido en el camino han hecho este viaje hacia mi interior más caluroso y ameno.
Este ha sido un año de soltar lastre, de dejar ir a las personas que no querían seguir a mi lado y de acoger con todo el cariño del mundo a las que han llegado, algunas más por sorpresa que otras.
Así como no quería que empezara el 2014 ahora me da un poco de miedo que se vaya, por si se lleva las cosas tan buenas que me ha traído al final. Pero los años pasan sin preguntar a nadie, así que le dejo irse y que el 2015 decida si lo bueno se queda o si sólo pasó a saludar.
Con lo bueno y con lo malo, con sus blancos, sus negros y sus grises, con todos los colores de la paleta, el año se termina y lo vivido en él pasa a ser recuerdo.
Ahora tengo por delante un año de retos, de incertidumbres, de mudanza como siempre, y de dejarme llevar. Un año de esperar que la vida sorprenda y pedir solamente que, a ver si esta vez, es para mejor.
Va a ser un año de celebraciones que no pasarán en la distancia, como siempre; va a ser un año de acercarme un poquito más para no admitir que sigo lejos.
Ahora toca cruzar los dedos y querer que lo bueno venga pronto y lo malo se aleje cuanto antes, en caso de que se atreva a volver a acercarse.
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